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jueves, 28 de noviembre de 2013

Al alba


Vamos a bebernos la noche, a trasegarnos la vida, a secar labios y copas hasta que se agrieten y nos echen a patadas del mundo.

Vamos a bailar como si mañana la música fuera a desaparecer del planeta, a gastar suela caminando sin rumbo al son de una melodía que sólo suene en nuestra cabeza.

Vamos a gritar hasta rompernos la garganta, a vaciar los pulmones en medio del frío del invierno, hasta que duelo respirar y nos lloren los ojos de rabia, esfuerzo y cansancio.
Vamos a tumbarnos en medio de la nada, a mirar un cielo de estrellas y preguntarnos quien y por qué las ha tapado.

Vamos a sonreírnos, a pegar frente con frente, a sudarnos la cama y apretarnos la vida. A jugar a que somos todo, jueguetar con el cielo, a prometernos la luna y abrazarnos hasta que salga el sol.



Vamos a levantarnos al alba... al alba... ¿Y si al alba somos dos desconocidos?

Será que se nos hizo corta la noche. 

jueves, 20 de junio de 2013

Señores de la Guerra

- ¡¿Quién os creéis que sois, llamando así a mi puerta?! - exclamó el Señor. - ¡Hay niños en esta casa! ¡Niños que intentan dormir! ¡Y los están asustando! ¡¿Acaso no tienen vergüenza?!

Los gritos cesaon, de golpe, como si un sútil hilo de pensamiento en enjambre conectara a la muchedumbre. Todos se miraron entre ellos y, entre algún murmullo y gesto de asentimiento, un hombre surgió de entre el resto y avanzó hasta situarte frente a frente con el Señor, sólo separado por la barrera de cristal infranqueable que aislaba su casa del resto del mundo, tan invisible a primera vista como eficaz en su función.

- ¿Vergüenza, mi Señor? - preguntó el hombre. Era canoso y las arrugas le surcaban la cara, envejeciendo un rostro que apenas llegaría a los cuarenta y poco años de edad. Estaba delgado y sus ojos parecían cansados, pero firmes, al igual que su cuerpo, que se resistía a parecer tan débil como la piel que lo cubría, y se erguía, entre orgulloso y desafiante, entre la muchedumbre y el Señor y su indestructible barrera.

- ¡Sí, vergüenza! - gritó éste. - ¡Dejen en paz a mi familia y vuelvan con la suya a sus casas! ¡No tienen vergüenza! ¡No la tienen!

El hombre suspiró, cerró los ojos y, lentamente, se los frotó. Tras eso, tomó asiento en el pavimento y clavó su mirada el opulento Señor antes de empezar a hablar.

- Primero fue mi sueldo. Me lo fueron quitando poco a poco, así que cada vez podía llevar menos comida a mi casa, una casa que día a día me costaba más pagar, porque mientras que a los bancos a los cuales yo pago se les daba miles de millones, se me sustraía del sueldo el dinero destinado a pagar a dichas entidades.

Después fue mi trabajo. Entero. Mi sueldo desapareció, y con él la comida que podía darle a mis hijos. Tuve que arrastrarme por comida. No ya para mí, sólo para ellos, mientras intentaba encontrar alguna forma de trabajar, aunque fuera de Sol a Sol, para poder mantener lo poco que tenía. Pero no lo encontré.

Así que lo siguiente fue mi hogar. No gran cosa, un pequeño piso en las afueras. Ahora mis hijos, que apenas podían comer, tampoco tenían casa propia, así que tuvimos que ocupar una. Duró poco tiempo, porque nos echaron a palos, de la misma que hicieron con la primera. Encontrar trabajo era ya imposible, pues el piso se fue, pero la deuda con el banco se mantuvo. ¿Cómo puede ser que pueda seguir debiendo el dinero que me prestaron para pagar un piso a las mismas personas que ahora tienen mi piso? ¿Quieren cobrar el piso y lo que vale el piso? ¿Con qué derecho? Bueno, es algo que no consigo comprender.

No mucho más tarde nos quitaron la justicia y la educación. Antes era gratuítas, pero de repente hay que pagar. Tasas creo que le llaman ustedes. Tasas que empezaron siendo bajas y que ahora se han convertido en un marcador de privilegios de los más privilegiados.

¿Y la sanidad? Pensé que al menos si a mis hijos les pasaba algo podrían ser tratados adecuadamente en un hospital, pero no hace mucho una chica, de otro país, que conozco fue denegada en un hospital. No podía ni había podido nunca pagar. Vino buscando una vida mejor y ha acabado arrastrándose, igual que en su país, pero ahora rodeada por desconocidos que la tratan de sanguijuela del sistema. ¿Cuanto tardaremos mis hijos y yo en ser "sanguijuelas del sistema"? ¿Cuanto tiempo más debe pasar sin que pueda pagarle nada al gobierno para dejar de tener derecho a vivir?

Así que aquí estamos. Sin trabajo, sin vivienda, sin educación, sin sanidad, sin justícia, sin dinero, sin comida... ni para mí, que soy al que menos le importa, ni para mis hijos, que son mi único legado, mi único futuro, mi única huella.

¿Y usted nos pregunta por qué estamos aquí, aporreando a sus puertas y despertándole a usted y a su família, desafiando a su muro infranquebale de cristal y sin la menor voluntad de movernos aunque grite "fuego" a los perros que tiene de guardaespaldas?


Yo sé lo explicaré, porque es muy sencillo de entender:

Porque cuando me lo quita todo a mí, lo único que quiero es llorar escondido en un rincón. Ésa, mi Señor, habría sido una buena estrategia por su parte.

El problema, mi Señor, es que se lo ha quitado todo a ellos. A mis hijos. A mi legado. A mi vida.

Y quitándoselo todo a ellos, nos ha quitado a nosotros, sus protectores, lo único que no debería habernos quitado: el miedo."

miércoles, 2 de enero de 2013

Prólogo: Kronos

"Nuestra concepción del tiempo nos supera. Nos creemos sus dueños por poder ver el baile de unas agujas entre un puñado de números y reconocer el tic-tac de un reloj de pared. Pero el tiempo no nos pertenece, eso lo aprendí ya hace mucho tiempo...

Verá, dentro de cada una de nuestras células, al igual que en el interior de las células de miles de millones de organismos en la faz de la Tierra, otra danza maestra, a nivel molecular, afinada durante cientos de miles de años, nos permite saber cuando es de día y cuando de noche, mucho antes de que nuestro ingenio, barato y limitado, nos permitiese desarrollar el primer mecanismo que nos mostrara el paso del tiempo.

Esta premisa, a priori tan intrascendente, es la clave para truncar cualquier sentimiento de superioridad de nuestra raza. Si nuestra concepción del tiempo se limita únicamente al tempo de una simple danza entre moléculas, no hay nada que nos haga pensar que aquello a lo que llamamos hora no sea más que un instante para otra especie. Ni que uno de nuestros segundos sea una eternidad para otra.

Así pues, dígame, eminencia: ¿a qué viene ése sentimiento de superioridad, no ya frente a otras especies, sino hacia individuos que comparten su misma danza molecular? ¿Qué le hace pensar que usted no pueda ser más que otro microorganismo en un cultivo llamado Universo, de una especie con una danza muy distinta a la nuestra? ¿Qué cree usted que tiene que le hace mejor que al resto, eminencia?

Intenté responder a esta pregunta durante años, padre. Cada segundo que pasé durmiendo bajo una tormenta. Cada minuto que no pude comer más de lo que me brindaba un cubo de basura. Cada hora que invertí en comprender como este don imperfecto que se me otorgó...
Le odié. Durante todo ese tiempo le odié. Todavía lo hago. Quizá usted no me recuerde. ¡Debí ser otro ser insignificante entre tantos! Pero yo sí le recuerdo a usted. A usted, a su túnica de seda, a sus anillos de oro, al olor a vainilla, a las paredes grises de este lugar... Llovía ¿sabe?. No recuerdo muy bien como llegué aquí ni que había sido de mí. Antes de este lugar mis recuerdos se resisten a aparecer. De hecho, ni siquiera recuerdo al hombre que me acompañaba, que me bajó del camión, llamó al timbre y habló con usted.

Recuerdo sus voces como un eco demoníaco salpicado de barro y mierda. Entonces no les entendí. ¿Cómo iba entenderles? No sabía ni quién era. Ustedes sólo hablaban de mercancía y juguetes rotos. Yo no veía ningún juguete roto y no tenía ni idea de qué significaba "mercancía". No entendía. No...

Pero ahora sí lo entiendo. Me miraron, y usted me pinchó con algo, tampoco supe que era entonces, nunca antes había visto un medidor de Abraham, ¿sabe? Usted miró el medidor y puso cara de asco, ¿recuerda, eminencia? Luego le susurró algo al hombre y todo se volvió negro.

"El húmero izquierdo y los dos cúbitos. Un fémur. Cuatro costillas. Varias falanges. Una fractura craneal leve. Ojo derecho, irrecuperable. Una rotura de ligamentos en la pierna y una perforación en el pulmón derecho."

Eso es lo único que recuerdo del día que me desperté, en casa del anciando. De mi salvador. Mi mentor. Mi maestro. Mi padre. Mi hermano. Mi amigo...

Pues bien, eminencia, han pasado doce años desde aquél día. Me imagino que a usted se le habrán hecho cortos, entre tanta carne, tanta salsa, tanto vino y tanto marisco; pero a mi no. Entonces no tenía un nombre. Sigo sin tenerlo, pero todavía le odio, y ahora voy a ser yo el jugará con los juguetes rotos."


La sangre ya se había secado cuando el joven terminó su discurso, y su eminencia se encontraba envuelto en un mar de cadáveres, inmóvil, atónito. Quiso llorar, pero antes de que la primera lágrima saliera de sus ojos, un sonido, a medio camino entre un silbido y un eco cavernario, brotó de los labios del chico sin nombre. Un haz de luz lo cubrió todo y la muerte, en su cara menos amable, vino a encontrarle.

lunes, 10 de octubre de 2011

El Gran Árbitro (Primera Parte)

El Mago permanecía sentado, inmóvil, con la mirada gacha, los codos apoyados en las rodillas, y la cabeza reposando en sus manos entrelazadas. Su túnica, oscura, vieja y raída, se plegaba sobre la superficie de su cuerpo, ocultándolo. Ocultando un cuerpo que  escondía tantas heridas que había perdido la cuenta.
Sabía que ninguna de esas heridas era físicamente real, pero ahí estaban. Por alguna razón, su alma se había revelado sobre su cuerpo. Claro, allí no tenía secretos. No podía tenerlos.
Oía voces en la sala contigua, pero no las escuchaba. Seguía inmerso en una calma absoluta. Su respiración era lo único que, a oídos de alguien extremadamente atento, podía delatar que, en realidad, el pánico le consumía por dentro.

¿Y si no lo conseguía? No, no, iba a conseguirlo. Tenía que conseguirlo. Tenía que volver. Tenía que volver a verla y tenía que hacer la única y más importante tarea que le había quedado pendiente.

Unos pasos resonaron a su izquierda y el Mago levantó la cabeza. 

Un individuo de forma humanoide, alto (debía medir más de dos metros), de piel grisácea y grandes ojos verdes, se acercaba  a paso firme. Vestía un uniforme completamente blanco, impoluto. A pesar de la presencia de la gorra, también blanca, se adivinada su calvicie.

Cuando el individuo estuvo delante del Mago, sonrió, mostrando dos largas filas de afilados dientes, y habló:

- Bien. Ya es la hora. ¿Estás nervioso?

Contradiciendo sus propias entrañas, el Mago negó con la cabeza. El humanoide rió.


- Sí, sí que lo estás. Todos lo están siempre. Pero tranquilo, el Gran Árbitro es justo. Te escuchará, te comprenderá y emitirá un juicio justo.

La expresión "juicio justo" le provocó una sonrisa socarrona. El humanoide, sin, al parecer, haberse percatado, abrió la puerta de la sala contigua. Y el Mago entró. La luz le cegó y cerró los ojos. Al otro lado, una infinidad de formas de vida le observaban con desprecio. No podía verlos, pero podía sentirlo, ese desprecio que tan bien conocía.

- ¿Alguien lo ha logrado alguna vez?

- No.

El Mago sonrió. Ya había ganado.